Viernes, 12 de febrero de 2010

Frecuentemente escuchamos, en pláticas de café, el notable negocio que suelen hacer los bancos con las tasas de interés que cobran a quien pide un préstamo y lo que pagan a quien coloca un plazo fijo. Esta diferencia normalmente conocida como spreed suele oscilar de  25 a 50  puntos según el  tipo de operatoria y es lo que vulgarmente se conoce como ganancia bancaria. Si a alguien le parece exagerado lo que aquí se afirma le pediríamos que se acerque a preguntar a cualquier banco que interés le darían por su colocación en plazo fijo o en caja de ahorro. Y sin molestarse demasiado, verifique la tasa de interés que le cobraron en el último resumen de cuenta de su tarjeta de crédito.

Sin embargo, la altísima rentabilidad de la que goza esta actividad, no queda limitada a esta simple instancia, sino que la operatoria  bancaria ofrece una faceta que es casi desconocida a los legos en temas financieros, entre los que se encuentran, aunque no lo crea el desprevenido lector, más de un economista.

Lo descripto en las primeras líneas es la punta del  gigantesco iceberg, en el que se ha convertido en los últimos siglos el negocio bancario.

Para  explicarlo, tendremos que historiar en forma sucinta, el origen de la banca moderna. Antiguamente, los pocos bancos existentes se dedicaron a guardar los depósitos que efectuaba la gente que tenía cierta capacidad de ahorro. Ese servicio de guarda y custodia de valores, era retribuido al banquero de esos entonces con un módico canon. Los préstamos a interés estaban prohibidos, por un sano precepto religioso, impuesto por la Iglesia Católica.

Esa guarda y custodia de valores, era la principal actividad bancaria. Contra la entrega de las monedas de oro o plata, que era el dinero de la época, los precursores de las finanzas modernas entregaban recibos. Dichos recibos, que eran la constancia de los depósitos efectuados, fueron generalizándose como forma de pago. Es decir, si quien había depositado en el banco de la localidad donde vivía, tenía que efectuar un pago no se tomaba el trabajo de ir a la institución bancaria, retirar las monedas de oro y usarlas para pagar, sino que procedía directamente a endosar el recibo, quien lo recibía repetía seguramente del mismo procedimiento y así sucesivamente. Pronto, los recibos fueron aceptados como moneda corriente convirtiéndose así en un medio de pago más.

La nueva metodología de pago, generaría, en buena medida, una importante modificación en las prácticas comerciales vigentes, que quizás haya sido positiva, pero ella, también trajo aparejada, una de los más grandes engaños que se haya efectuado a la humanidad.

Este gran engaño, al que hacemos referencia, pasa a concretarse cuando algunos de los más perspicaces banqueros, notaron que en muchos años de práctica bancaria,  de la que dejaron constancia en los registros contables, en promedio, nunca los depositantes sacaban más del diez por ciento de los depósitos. Esto, que para cualquier otro mortal no hubiese significado otra cosa que un simple dato estadístico, para estos cultores del materialismo significó un importante descubrimiento. Los proto-banqueros razonaron del siguiente modo: tengo depósitos por 100 denarios y emití recibos por la misma cantidad, dado que nunca me retiran más del 10% ¿Qué pasaría si emito recibos por 1.000,  manteniendo en mis arcas los 100 denarios?  Me permite cubrir el 10 % que la experiencia indica que se retirarían en promedio. Entonces, comenzaron a prestar recibos equivalentes a 900 denarios y lo prestaron con interés. La clave de esta metodología radicaba en el hecho de que los prestatarios (quienes piden los préstamos) aceptaban también tales recibos como si fueran monedas de oro o de plata o al menos como representativas de las mismas.

En otras palabras, el banquero emitía recibos por 1.000 denarios y mantenía en disponibilidad 100 denarios en monedas de oro, su experiencia le indicaba que nunca los retiros en su conjunto superaban el 10 %, es decir la cantidad de denarios que tenía en monedas de oro.

La reforma protestante había debilitado la prohibición eclesiástica de prestar  con interés, con ello estas operatorias dejaban de ser ilegales, y pronto los sistemas jurídicos empezaron a mutar de forma de proteger cada día más los derechos del banquero, especialmente, después de la revolución francesa.

Los banqueros hicieron real en su beneficio el sueño de los alquimistas, transmutar los metales en oro. Incluso mejoraron la idea ya que ni siquiera la sustancia básica debía ser el plomo, sino que con simple papel les alcanzó, mucho más barato...

Los lectores podrán impugnar mi planteo, afirmando,  que lo único que hicieron estos pichones de banqueros, era emitir esos recibos, y que tales recibos seguían siendo simples papelitos, cierto, pero quienes tomaban  préstamos, debían pagarlos con oro o con otros bienes en garantía de la operación en cuestión, cuando no podían cancelar el préstamo.

Los financistas no crearon oro de la nada, pero si crearon un poderoso medio para esquilmar a los incautos de esos entonces y a los de ahora también, con gravosas deudas, unidas a la pesada carga del interés usurario. El sector financiero, de a poco, vio incrementar sus patrimonios en forma exponencial, dando origen a las inconcebibles fortunas que actualmente detentan los popes de las finanzas como los Rostchilds, Rockefeller, Lazard, Morgan, Khun, Loeb, Soros entre tantos otros.

A los efectos de dejar en claro como se cierra el circuito, los tomadores de los préstamos efectuados por el banquero los cancelaban, en metálico, o con recibos, los titulares de los certificados procedían a retirar las monedas inicialmente depositadas. Los otros tenedores de los certificados emitidos sin respaldo, podían efectivizarlos de la misma forma, sin sobresaltos, ya que el banquero había cobrado los préstamos realizados contra tales títulos.

De acuerdo con los manuales de economía, cerrado este circuito, todo volvía a estar como era al principio. Pero esta afirmación es falaz, ya que el banquero llenó sus bolsillos, cobrando suculentas sumas, en concepto interés, por los préstamos otorgados.

Toda esta metodología, pendía de un hilo finísimo. Este era la necesidad de que los depositantes o tenedores de los recibos acudiesen en número relativamente reducido, a cobrar las monedas que el banco estaba obligado a pagarles. El sistema haría agua, si los tenedores de los recibos concurrían en forma masiva a redimir los mismos, retirando las monedas que eran representadas por dichos papeles. En ese caso, el banquero no tendría los recursos suficientes para cubrirlos y quedaría en evidencia nuevamente que dos y dos son cuatro. Cuando esto acontecía, los recibos del banquero, que hasta ese entonces habían hecho las veces de dinero dejaban de prestar ese servicio. Los tenedores que llegaban primero cobraban, el resto, no tenia con que cobrar. Los recibos pasaban a ser un crédito contra un banco quebrado. Como tales dejaban de ser dinero. El milagro de la anterior creación de dinero venia ahora compensado por la desesperación de su súbita desaparición.

En pequeña escala estaríamos representando lo que podría haber sido la primera crisis financiera. No difiere mucho con lo que a nivel global, se está viendo en la actualidad. Si bien es cierto que los mecanismos del sistema financiero se han hecho mucho más complejos y sofisticados,  en esencia responden a la metodología antes descripta. Ahora los bancos centrales salen en salvataje de los bancos insolventes, se apela a nuestro muy conocido “corralito”,  se producen fusiones, adquisiciones y reorganizaciones corporativas a los efectos de tratar de salvar lo salvable de esta crisis que por el momento parece insoluble y que pone en evidencia la falacia en la que se fundamenta el sistema financiero internacional.

Comentarios