Martes, 16 de febrero de 2010

Nos estamos acercando a los doscientos años de la instalación del primer gobierno patrio. Dicha cifra amerita efectuar un prebalance de lo actuado en ese periodo y sacar de dicha experiencia histórica las conclusiones que permitan orientar el quehacer nacional en base a los aciertos y errores de nuestro pasado. Se, que puede parecer ocioso detenerse a analizar nuestro remoto devenir cuando en la actualidad coexisten problemas de máxima gravedad que requieren urgente solución.

Pero la profundidad de la crisis en la que nos encontramos que debido a su extensión temporal ya parece haberse convertido en un largo proceso de decadencia, obliga a un análisis más exhaustivo que compromete todo el proyecto político argentino, desde sus bases fundacionales hasta el presente.

Desde ya que lo propuesto es una faena intelectual ardua que en buena medida ya ha sido realizada. Valiosísimos en ese sentido son los trabajos de Dn Julio Irazusta, Especialmente su “Balance de Siglo y Medio”, Carlos Ibarguren en “Nuestro Ser Nacional en Peligro” y Enrique Díaz Araujo con su estupendo libro “Aquello que se llamó la Argentina”. Estos textos serán la guía a seguir a los efectos de explicar la paradoja que implica la lamentable situación actual que vive la Patria.

Nuestro país es la octava plataforma continental, dicho con otras palabras poseemos la octava extensión de los países del orbe. Seria redundante detenernos a analizar los recursos que existen en esta basta extensión y sus casi ilimitadas posibilidades. En la faceta humana el destacado desempeño de los argentinos en los más variados campos de las ciencias y de las artes haría suponer que el país debería contar con un desarrollo coherente con tales potencialidades físicas y humanas.

Sin embargo nada de eso ocurre. En la actualidad el largo proceso de decadencia al que hicimos referencia parece dar paso a los primeros esbozos de disolución. La tendencia centrifuga que se percibió desde el nacimiento de nuestra Patria, y que motivó la pérdida de los territorios de Uruguay, Paraguay y Bolivia amenaza con repetirse. Para los que creen que exagero tengan presente lo acaecido durante la crisis del 2001-02 y las remanidas propuestas de cambio de territorio por deuda.

El hombre argentino desmoralizado y desesperado puede ser tentado por los cantos de sirena de los sicarios del mundialismo que propugnan la disolución de los estados-nación históricos, en beneficio del nuevo orden mundial. Así planteada la problemática pasaremos a evaluar las circunstancias en que nuestra nación nace a su vida independiente.

 

Una comparación procedente.

 

Aunque parezca descabellado en razón de las situaciones en que se desenvuelven actualmente ambas naciones es legítimo efectuar un parangón de nuestro desenvolvimiento histórico en relación con el de los Estados Unidos de América.

En su libro “Balance de Siglo y Medio” Dn Julio Irazusta, sin duda una de las mentes mas esclarecidas del pensamiento político argentino, efectúa una exhaustiva comparación y aunque le parezca poco creíble al lector desprevenido nuestro punto de partida fue muy superior a la superpotencia del norte.

La creación del virreinato del Río de la Plata era una obra maestra del genio geoestratégico español. Un extenso espacio bioceánico se constituía como la instancia mas apropiada para enfrentar el creciente expansionismo del imperio portugués desde sus posesiones brasileras, como asimismo las pretensiones británicas sobre los dominios españoles. Tal proyecto geoestratégico de haber sobrevivido, hubiera sido sin dudas el contrapeso necesario en el cono sur a la hegemonía estadounidense en el continente.

Con una extensión territorial que superaba los 5 millones de km2, gobierno central, sistema hacendístico propio, universidades, cuadros administrativos y ejército propio. El Virreinato del Río de la Plata se constituía en la base óptima para el desarrollo de una potencia superlativa. En comparación a los colonias que conformarían los Estados Unidos los superábamos 5 a 1 en territorio, los equiparábamos en población, mientras que ellos no poseían ni gobierno propio, ni rentas generales, ni ejercito nacional. El primer presupuesto nacional de los Estados Unidos era muy inferior al del Virreinato del Río de la Plata del mismo periodo.

Para mejor comprensión del asunto es importante recordar, que aquel Virreinato comprendía el actual territorio de las Republicas Oriental del Uruguay, Bolivia, Paraguay y Argentina, como asimismo la Misiones Orientales, ahora patrimonio del Brasil.

Esta magnifica herencia fue dilapidada por la ceguera y falta de grandeza de algunos de los dirigentes de la Patria Naciente, que ahora son inmerecidamente honrados en el bronce, que como Rivadavia y sus logistas,  puntales de tal mentalidad claudicante, posibilitaron la disgregación territorial.

Tal disgregación culminó en la ruptura del virreinato en cuatro partes indescindibles, en proyectos políticos nacionales que terminaron siendo inviables. Sumado al hecho de una serie de guerras fraticidas de exacerbaron los odios entre hermanos y dejaron secuelas de muy difícil cicatrización.

Vista así, esta perspectiva la conservación de la heredad virreinal, hubiera sido mucho mas que la unión de las partes ahora escindidas en razón de que el proyecto que nos legaran los españoles implicaba una unidad geográfica auto sostenible, con vías de comunicación insuperables como los ríos de la cuenca del Plata, que asimismo aseguraban generación de energía barata y limpia. Tales medios hubieran posibilitado el aprovechamiento integral de las riquezas mineras y gasiferas del otrora Alto Perú ahora devenida en la empobrecida Bolivia. Sin desmerecer por ello las potencialidades del Paraguay y Uruguay limitadas en la actualidad por el hecho de que muchos proyectos a ejecutarse deben efectuarse en un marco por lo menos binacional que las mezquindades y miopías de las mal llamadas clases dirigentes se empeñan en obstaculizar.


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