Jueves, 11 de marzo de 2010


Como hoy los políticos no se aconsejan con la historia, recurren al periodismo y con sus fragmentos construyen mitos. En verdad, pocas cosas más diversas que historia, periodismo y mitología. La primera trabaja científicamente para averiguar la verdad del pasado, el segundo lo hace apuradamente con el presente, atento al impacto de la noticia, sin importarle poco o mucho de la verdad de lo sucedido, y la tercera imita los datos del pasado para deformarlos unilateralmente; es decir, que va directamente contra la realidad. Luego, cuando el periodismo se vuelve hacía la historia suele guiarlo un interés espurio: justificar posiciones actuales con supuestos precedentes históricos. También, además, como en el caso que vamos a considerar, con vistas a reemplazar lo verídico con leyendas míticas. Porque lo que cuenta para los periodistas mitólogos o mitómanos es el Poder gubernamental de este momento. Si es tiránico, mejor que mejor. Se trata de alabarlo. Y si para elogiarlo hay que distorsionar el pasado, se manipulan los hechos pretéritos. Se cambia lo que sea, sin pararse en chiquitas, y en su lugar se coloca un dibujado ídolo mitológico. De tal suerte que cualquier tiranuelo de trocha angosta resulte comparado con Julio César, Carlomagno o Napoleón. Para eso están los escribas e incensarios. Siempre ha sido así. Empero, en otras épocas, ante una tergiversación como las aludidas, enseguida los historiadores ponían las cosas en su lugar y el entuerto quedaba deshecho. Ahora no. Mediando el sistema mediático, los aduladores fabrican sus mitos, que de inmediato son repetidos millones de veces por los “mas medía”, mientras que la voz del historiador-supuesto que quiera hacerse oír- es acallada de raíz. No hay quien desmienta al fabulador. El acuerdo de las prensas establece una unanimidad inconmovible. De esa forma, las mentiras del parlanchín televisivo se convierten en axiomas. La única variación proviene del recambio partidario de los cronistas oficiales. Por ejemplo: en estas décadas hemos asistido al predominio sucesivo (a veces simultáneo) de Luís Alberto Romero, José Ignacio García Hamilton, Pacho O’Donnell y Felipe Pígna (1). ¿Alguien recuerda la intervención televisada de un contradictor a los mencionados voceros de la Democracia de la Derrota...? ¿Tal situación significa que todos hemos estado de acuerdo con sus guiones respectivos...? No; para nada. Simplemente, quiere decir que cuantos han disentido con esos argumentos mito-periodísticos oficialistas han carecido de la más mínima posibilidad de hacer trascender su oposición. Resulta que ese es un orbe lleno tan sólo de leyendas y silencios.

Bien. Eso es así, y no lleva miras de modificarse. Sobre todo, en un país sojuzgado política y culturalmente como la Argentina pos-malvinera. Cuanto más uno debe precaverse, sí se puede. Atento a lo cual nos limitaremos a mostrar un caso peraltado de distancia entre el hecho histórico y su uso político. Una seudo identidad de ribetes escandalosos.

Nos referimos a la difundida confusión entre Simón Bolívar y el bolivarismo de corte chavizta. Instrumentación irritante y demagógica de la figura del prócer venezolano con vistas a engañar a la plebe más inculta.

Sí sólo se tratara del fraude político caribeño nada nos movería a escribir una aclaración. Dado que el “socialismo del siglo XXI” es la obra de un zambo para consumo de mulatos, dejaríamos que los susodichos “bolivarianos” con su pan se lo comieran. “Zambos del carajo”, llamaba el Mariscal Antonio José Sucre a sujetos “crudos” de esta ralea (2), que, como tales, debían ser tratados. Y ni qué decir del desprecio que el eminente aristócrata mantuano sentía por esos individuos (3). Y no era para menos. La familia de Bolívar estaba “hondamente arraigada en las tradiciones españolas de los blancos ricos, aristocráticos y pudientes, seguros en su fe religiosa, en su lealtad monárquica, en sus títulos y privilegios, en sus indios y en sus esclavos negros (4).

Diferencias de clase, digamos.

Empero, como antes sucediera con la imagen del gran poeta cubano José Martí, en beneficio del “caballo” Castro, ahora se difunde esta otra estafa histórica por toda Sudamérica. Máxime que este embuste viene bien aceitado por los petrodólares (o “antonini-dólares”, si se prefiere) Luego, creemos que el público argentino merece una sucinta recreación genuina del ideario bolivariano. De su pensamiento político final, se entiende. No vaya a suceder que por imitación al Caribe, en cualquier momento, Horacio Verbitsky, Gregorio Levenson, Daniel Feierstein, José Nun, Silvia Gojman, Néstor Kohan, Abrasha Rotenberg, Daniel Filmus o Martín Granovsky nos erijan y prediquen un inédito sistema “sanmartiniano” para abusos kirchneristas. Mejor nos curamos en salud, antes que nos chapaleen nuestra historia. A ese menester, pues, pasamos.

 

1. Simón Bolívar

 

Vale la pena ocuparse del Libertador de la Gran Colombia. Por su grandeza ínsita y por el amplio desconocimiento que a su respecto se enseñorea en la Argentina.   Quizás el único saber residual sea cierta prevención localista por aquel “Imperio de los Andes” (6) que quisiera fundar Bolívar, apoyada, a su vez, en la supuesta oposición con San Martín (producto de la ignorancia sobre lo realmente acontecido en la entrevista de Guayaquil) (7).

Recelo paralelo y equidistante al que actúa en Venezuela acerca del Libertador de la América Meridional. Bartolomé Mitre y Vicente Lecuna, exaltadores del liberalismo balcanizador, contribuyeron como pocos a asentar los respectivos resentimientos de campanario.

No este el lugar para disipar esos malentendidos seculares. Contentémonos con citar a San Martín cuando le expuso a Lafond de Lurcy, que Bolívar: “es el primer hombre que ha producido la revolución.., el hombre más eminente de la América del Sur... el alma grande de este hombre extraordinario11- ~-. Si en su pieza de Grand Bourg, Don José-aparte del estandarte de Pizarro y de su sable- sólo tenía el cuadrito de Bolívar, regalado por éste en Guayaquil, sería, como anota Benjamín Vicuña Mackenna, porque “admiraba su genio”. No era para menos. Nuestro héroe argentino, formado en la prudencial escuela clásica de Federico de Prusia, había verificado el talento inmenso del romántico y atrevido émulo de Napoleón Bonaparte; la misma osadía que lo llevó a librar en inferioridad de condiciones la decisiva batalla de Ayacucho en 1824, que aseguró la Independencia de América. Y, tal vez, confiaba que la intrepidez del caraqueño lo inclinara, en algún momento futuro, a desechar del todo los mitos revolucionarios liberales y tornara a la tradición, tal como San Martín le aconsejara en Guayaquil.

            Pues, el giro copernicano se completó. El mismo mantuano, que en su alocada juventud se había declarado discípulo del democratismo roussoniano (9), había hecho su juramento liberal en el Monte Sacro romano, y se había afiliado a la Masonería, en su sazonada madurez rompió con todo eso, y con la ejemplar audacia que lo caracterizaba lo proclamó a los cuatro vientos. De ahí que quepa afirmar con Víctor Andrés Belaúnde, que hay “dos Bolívares, no sólo distintos, sino a veces opuestos” (10). Lo que no sabía Don Simón era que los historiadores liberales, que se adueñaron del pasado americano, negarían, ocultarían, desvirtuarían o soslayarían esa concreción final de su pensamiento político. Empero, han querido tapar el cielo con un harnero. Porque las constituciones, las cartas, los documentos están allí, a disposición de quien quiera hallarlos. Y se trata de un gran período bolivariano. Cual lo apunta Marius André:

“Nos hallamos en el período más noble y más patético de su existencia, el que más ha merecido la admiración y el reconocimiento del mundo civilizado, particularmente en América. Sin embargo, es precisamente cuando la mayor parte de sus panegiristas americanos hablan sin entusiasmos, si es que no lo escamotean. Tienden un velo vergonzoso sobre este Bolívar de 1808” (11).

De ahí que hasta un novelista tan tendencioso como lo es Gabriel García Márquez haya acertado a reproducirlos en su divulgado “El general en su laberinto”  (12)

No es sólito que un hombre público de la magnitud de don Simón obre una transformación absoluta de su ideario, advierta los errores y se aplique a enmendarlos. Por tal singularidad, nos parece del todo conveniente dar cuenta de los aspectos doctrinarios más notables, acaecidos en el período que los historiadores liberales denominaron “La Dictadura” de Bolívar, desde 1828 a 1830, y que, por eso mismo, ocultan cuanto pueden- (13)

 

2.    Bolívar y la democracia

 

En 1924 la editorial Araluce de Barcelona tradujo y publicó el libro de Marius André titulado “Bolívar y la Democracia”, donde se registran todos y cada uno de los documentos con los cuales don Simón condenó al liberalismo y la democracia. Allí están las cartas del último período -vgr., para citar solo una, la dirigida al Dr. Castillo del 1 de junio de 1829, en la que le expresa que “es imposible poder soportar los desdenes injuriosos de tantos liberales del mundo que prefieren los crímenes que trae consigo la anarquía al bienestar y el reposo”- (14). Por tal motivo, el propio gran historiador francés, dedicó otro de sus libros a Bolívar, “víctima de la barbarie democrática”- (15). Pues, resulta que desde entonces nunca, que sepamos, se ha reeditado dicha obra principal ni en España ni en América. ¿Por qué...? Quien no crea en la conspiración del silencio tendrá que ofrecer alguna otra explicación del fenómeno.

Claro que no es este el lugar para reproducir dichos textos; pero la trascripción de alguno nos dará una pista suficiente para conocer el pensamiento político final del Libertador venezolano. Así:

“No hay buena fe en América, ni entre los hombres ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las constituciones, libros; las elecciones, combates; la libertad, anarquía, y la vida un tormento” (Simón Bolívar, “Mirada a la América”, 1829)

“El Libertador está de acuerdo con estas ideas (monárquicas). Dice que el espectáculo de la América española debe haber convencido al mundo entero que la República no era más que una anarquía” (delegado francés Bresson, 6.6.1829).

Juan García del Río, “ya desde sus tiempos peruanos había sido preconizador máximo de la monarquía al lado de San Martín como luego al de Bolívar, y era autor de las famosas “Meditaciones”, que tanto gustaban a Bolívar, y que no eran sino folletos monárquicos” (16).

“Los jóvenes demagogos van a imitar la conducta sanguinaria de los godos o de los jacobinos para hacerse temer y seguir por la canalla.. .Esto es único en los anales de los crímenes, y lo que es peor, irremediable”.

“Los códigos fabricados por dulces visionarios que, imaginando repúblicas etéreas, han querido elevarse a la perfección política presuponiendo la perfectibilidad del género humano”.

“La libertad indefinida y la democracia absoluta son escollos contra los que se han estrellado todas las Repúblicas”

“Nunca ha de olvidarse que la excelencia de un gobierno no consiste en su teoría sino en que sea apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación para la cual está instituido”.

“No hay que dejar todo al azar y a la ventura de las elecciones: el pueblo se engaña más fácilmente que la naturaleza perfeccionada por la educación

“Los gritos del género humano en los campos de batalla y en las asambleas tumultuosas, son testimonios elevados al cielo contra los legisladores desconsiderados que se figuran que puede hacerse impunemente ensayos de constituciones quiméricas”.

“El gobierno democrático absoluto es tan tiránico como el despotismo”.

“La nación más instruida del universo antiguo y moderno (Francia) no ha podido resistir a la violencia de las tempestades inherentes a las teorías puras. Si la Francia europea, siempre soberana e independiente, no ha podido soportar el peso de una libertad ilimitada ¿cómo sería dado a Colombia realizar el delirio de Robespierre y Marat? ¿Se puede siquiera soñar semejante sonambulismo político? Legisladores: ¡guardaos mucho de ser comparados por el juicio inexorable de la posteridad a los monstruos de Francia!” (17).

“Los demagogos no quieren monarquías ni vitalicios, menos aun aristocracia; ¿por qué no se ahogan de una vez en el estrepitoso y alegre océano de la anarquía. Esto es bien popular, y por lo mismo debe ser lo mejor, porque según mi máxima, el soberano debe ser infalible?”.

“Los pueblos- me dijo- están cansados, no quieren más que paz y orden, porque amigo mío, pensar que las ideas liberales están generalizadas es un error, hay muchos hombres de juicio que no están por el sistema representativo, porque están persuadidos de que es inadaptable a estos países.. .aquí los hombres están acostumbrados al sistema español (monárquico), y no hay poder bastante fuerte para contrariar unos hábitos que están arraigados en el corazón” (a Vallarino) (18).

 “¡Ay, amigo mío!, estoy desilusionado con tantas Constituciones: es cosa que está hoy a la moda, pero su fracaso se acentúa de día en día” ( al Dr. Vergara, 31.8.1829) (19)

“Yo pienso que mejor sería para la América adoptar el Corán que el Gobierno de los Estados Unidos” ( carta a O’Leary, 13.8.1829) (20).

¿ Conclusión?... La que coloca Marius André:

“La evolución está acabada, completa, perfecta. Bolívar abre desmesuradamente los ojos ante la terrible lección de los hechos; maldice los principios y los sofismas que

arruinan los pueblos, hacen correr mares de sangre y harán que sigan corriendo. Empuñada de nuevo la dictadura, en un momento de energía, el Libertador va a tratar  de            salvar la República colombiana; pero aplicando los principios de una implacable reacción” (21).

“El sabe- completa Belaúnde- que el democratismo, como diría Maritain, hace imposible toda obra de continuidad”- (22)

Si eso es así, ¿qué parentesco puede haber entre el monarquismo tradicionalista en que concluyó el pensamiento de Bolívar y la demagogia populista de Chávez y los              seudo-bolivarianos...?

 

3.    Bolívar y la Religión

 

“Bolívar busca el apoyo del clero y de la masa de la población en que se conservan vivos los sentimientos católicos. Su política es francamente favorable a la Iglesia. Promete proteger la religión del Estado; da un puesto en el Consejo al arzobispo de Bogotá y expide diversos decretos a favor del reclutamiento religioso en atención de revivir las misiones decaídas. Una doble razón llevaba a Bolívar a seguir una nueva política religiosa. Es evidente que la experiencia de tantos años lo debió llevar al convencimiento de que la religión constituía la base más sólida, no sólo de la moral social, sino del orden y de la estabilidad política. Al final de su vida debió convencerse de la inhabilidad del Estado para mantener una alta y viva moralidad, sin la cual la vida política es imposible”- (23)

 

            Bastaría con leer el siguiente párrafo del último mensaje al Congreso ( del 24.1.1830) para saber a que atenernos en esta materia. Dice así:

 

“Permitiréis que mi último acto sea recomendaros que protejáis la religión santa que profesamos, fuente profusa de las bendiciones del cielo”- (24)

 

Empero, algunas disposiciones particulares también glosaremos.

 

Por ejemplo, su posición frente a la Masonería.

 

Según afirma Peru de la Croix, en los “Diarios de Bucaramanga”, Bolívar en su mocedad parisién se había interesado por estas asociaciones secretas; pero, ese conocimiento, “le había bastado para juzgar lo ridículo de aquella asociación”, afirmando que en las logias había encontrado “bastantes fanáticos, muchos embusteros y tontos burlados”, y que los políticos “ y los intrigantes suelen sacar partido de aquella Sociedad Secreta”.

 

Al jefe de los liberales colombianos Francisco de Paula Santander, al escribirle el 21 de octubre de 1825, le anunciaba:

 

“Malditos sean los masones y los tales filósofos charlatanes... serán tratados como es justo”.

 

Justicia, precisamente, les hizo con el dictado del Decreto del 25 de setiembre de 1828, que decía:

 

“Habiendo acreditado la experiencia, tanto en Colombia como en otras naciones, que las sociedades secretas sirven especialmente para preparar los trastornos públicos, turbando la tranquilidad pública y el orden establecido; que ocultando ellas todas sus operaciones que el velo del misterio hace presumir fundadamente que no son buenas, ni útiles a la sociedad, y por lo mismo excitan sospechas y alarman a todos aquellos que ignoran los objetos de que se ocupan; oído el dictamen del Consejo de Ministros,

DECRETO

 

Articulo 1.-. Se prohíben en Colombia todas las sociedades, o confraternidades secretas, sea cual fuere la denominación de cada una.

Artículo 2.-. Los Gobernadores de las provincias, por si y por medio de los Jefes de Policía de los Cantones, disolverán e impedirán las reuniones de las sociedad secretas, averiguando cuidadosamente sí existen algunas en sus respectivas provincias.

Artículo 3.-  Cualquiera que diere o arrendare su casa o local para una sociedad secreta incurrirá en la multa de 200 pesos y cada uno de los que concurran, en la de 100 pesos por la primera y segunda vez; por la tercera y demás será doble la multa; los que no pudieren satisfacer la multa sufrirán por la primera y segunda vez dos meses de prisión, y por la tercera y demás será el doble de pena.

Artículo 4.-  Los Gobernadores y Jefes de Policía aplicarán la pena a los contraventores haciéndolo breve y sumariamente, sin que ninguno pueda alegar fuero en contrario...

Dado en Bogota, a 8 de noviembre de 1828.- Simón Bolívar”- (25)

 

En pleno siglo de auge liberal, con control masónico de casi todos los gobiernos, el Libertador Septentrional dio este ejemplo magnífico de cómo tratar a la Orden anticristiana. En suma, que: “Bajo su mando, la francmasonería no desempeñó ningún papel en Colombia, ni en Venezuela” (26). Cumplía así la promesa de su proclama del  31 de agosto de 1828:

“¡Colombianos! Me obligo a obedecer vuestros legítimos deseos: protegeré vuestra sagrada religión como la fe de todos los colombianos y el código de los buenos” (27)

Asimismo, contribuyó al establecimiento de relaciones entre la Gran Colombia y la Santa Sede, y restauró la jerarquía eclesiástica en las cinco repúblicas que fundó. Actos que respondían a sus íntimas convicciones, como lo expresó en esta carta:

“Tomo el mayor interés por el restablecimiento de la religión y de las órdenes monásticas que tanto contribuyen a la civilización de este país y, lo que es más, que trabajan incesantemente en impedir la propagación de los principios que nos están destruyendo y que al fin logran no sólo destruir la religión, sino los vivientes, como sucedió en la revolución de Francia... sin la conciencia de la religión, la moral carece de base” (28).

A su instancia, el Congreso de Venezuela decretó que la Religión Católica sería “la exclusiva y dominante del Estado”- (29)

En síntesis: Bolívar une la religiosidad con el antidemocratismo. Por consiguiente, le escribe a Rafael Arbolado, el 29 de julio de 1828:

“La religión es el gran entusiasmo que yo quiero reanimar para utilizarlo contra todas las pasiones de la demagogia (30)

Los chaviztas, alumnos del castrismo, que se han especializado en atacar a la Iglesia de todas las formas posibles, pueden hacer suya una divisa contradictoria con la de Bolívar, o sea: Demagogia contra Religión.

 

5.    Bolívar y la educación

 

El 12 de marzo de 1828 Bolívar prohíbe en las universidades de Colombia los tratados de Jeremías Bentham, por ser “opuestos a la religión del pueblo”. Y en concordancia con ello, dicta su extraordinario decreto del 20 de octubre de 1828, sobre el régimen educativo universitario, comentado por su secretario José Manuel Restrepo. Dice éste que Bolívar, “meditando filosóficamente el plan de estudios, ha creído hallar el origen del mal en las ciencias políticas que se han enseñado a los estudiantes, al principiar su carrera de facultad mayor”. Atribuía el mal a la difusión de autores como Bentham, cuyas obras contienen máximas “contrarias a la religión, a la moralidad y a la tranquilidad de los pueblos.. .Hay que añadir a todo esto, que mientras se daba a beber a grandes tragos el veneno destructor de toda religión y moral, que es lo que pretenden sus autores, no se cuidaba de proporcionar a esos jóvenes los verdaderos principios de una y otra, con los cuales hubieran podido a los ataques de máximas impías e irreligiosas que se extendían por doquier”.

 

Tras estos considerandos, llegaba la parte resolutiva que, siempre conforme al comentario del secretario presidencial, establecía:

 

“Con el fin de evitar estos escollos, el Libertador-Presidente, de acuerdo con su Consejo de Ministros, y visto el informe de la Universidad Central de Bogotá, ha resuelto introducir los cambios siguientes en el plan de estudios:

 

1. Que se aplique toda diligencia posible para el restablecimiento del latín, necesario a la vez para el conocimiento de la religión y de las bellas letras...

 

2. Que se procure que los estudiantes de filosofía dediquen la mayor parte del segundo año al estudio de la moral y del derecho natural...

 

3.  Que queden en suspenso y sin ejercicio las clases de: principios de legislación universal, derecho público político, de constitución y de ciencia administrativa.

 

4. Que se dedique cuatro años al estudio de derecho civil romano, derecho nacional y jurisprudencia canónica.

 

5. Que todos los jóvenes estén obligados a asistir a un curso sobre los fundamentos y apología de la religión católica, romana, de su historia y de la eclesiástica, lo que formará parte esencial de sus cursos en facultad mayor, y durará esta enseñanza uno o dos años... procurando que sea el tiempo bastante para que los cursantes se radiquen en los principios de nuestra santa religión, y puedan así rebatir, por una parte, los sofismas de los impíos, y, por otra, resistir a los estímulos de sus pasiones”. (31)

 

¿ Qué tal...? Ese es el estilo que se gastaba el Libertador de la Gran Colombia. Que no ha tenido muchos émulos ni en la parte septentrional ni en la meridional de Sudamérica. Y menos que menos con los tiranuelos jacobinos, impíos e ignaros que ahora predominan. Al presente, como diría don Simón, soportamos “el yugo de los parlanchines intrigantes”, que, porque disponen del petróleo de Maracaibo se sienten autorizados para atacar todas las instituciones políticas, culturales y religiosas de nuestro hemisferio, al tiempo que adquieren conciencias de alquiler por unos pocos dólares. ¡Loros charlatanes! Si quisieran ser “bolivarianos” de verdad, más que usar y abusar del cuadro con la imagen del Libertador, deberían empezar por estudiar algo de su gran pensamiento político final. Como hasta aquí nada han hecho en ese orden, es de higiene mental separar radicalmente a Bolívar de estos "bolivarianos", y darlo a conocer. En eso estamos.

 

(1) es un apellido o un apodo

(2) Arenga antes de la batalla de Ayacucho, en: Ramos, Jorge Abelardo, Historia de la Nación Latinoamericana, Bs. As., A. Peña Lillo, 1968, p. 210, nota 1.

Su padre, Don Juan Vicente de Bolívar, era marqués y vizconde. Al contrario de los arribistas mestizos como Francisco de Miranda, Simón Bolívar renunció al uso de la partícula “de” y a sus títulos, “no por espíritu democrático, precisamente- apunta Rufino Blanco Forribona-, sino todo lo contrario: por orgullo patricio”: Mocedades de Bolívar. El héroe antes del heroísmo, Bs. As., Interamericana, 1942, p.41.

(4) Madariaga, Salvador de, Bolívar, Bs. As., Sudamericana, 1959, t0 1, p. 68.

(5) Es de público y notorio que Hugo Chávez ha remitido a sus seguidores suficientes cantidades de dinero como para ganar las respectivas elecciones presidenciales. Así lo hizo en Nicaragua, en Ecuador, en Bolivia, en Paraguay. En México lo intentó apoyando la candidatura de López Obrador, pero fracasó. Ahí fue detectada como correo financiero la comunista chilena Marta Hanecker, viuda del extinto jefe del “Departamento América”, dependiente del Comité Central del Partido Comunista Cubano, Manuel Piñero Losada, alias “Barbarroja”. Todo indica que la Hanecker, ella misma espía famosa, ha sido transferida de Cuba a Venezuela.

(6) Villanueva, Carlos A., La monarquía en América. El Imperio de los Andes, París, Librería Paul Ollendorf, 1913.

(7)En la “Memoria” de José Gabriel Pérez, secretario de Bolívar, se expresa que el Protector San Martín sostuvo que el gobierno del Perú “no debía ser demócrata”, y Bolívar en la carta a Santander, del 29.7.1822, le comunica que San Martín “no quiere la democracia”; en: Lecuna, Vicente, Cartas del Libertador, t0 III, p. 58. San Martín, acota José Gil Fortoul, “abogaba por el establecimiento de monarquías”, mientras que Bolívar, “sin rechazar en principio la idea, opinaba por un presidente vitalicio que tuviese las prerrogativas de un monarca inglés”: Historia Constitucional de Venezuela, Berlín, Heyman, 1907, t0 1, p. 339. Las diferencias, según Pérez Amuchástegui, no eran muy grandes.

(8) Barcia Trelles, Augusto, San Martín en Europa, Bs. As., López y Etchegoyen, 1948, pp. 283, 284.

(9) Mal aconsejado por su preceptor utopista Simón Rodríguez, el joven Bolívar leyó a Montesquieu, Voltaire y Rousseau. Sobre todo, en “las obras filosóficas del “ciudadano de Ginebra” vio de nuevo las teorías preferidas de su maestro”. Juan Jacobo Rousseau se convirtió así en su “lectura favorita”. Por cierto que el “influjo de Rousseau sobre la juventud que llevó a cabo la influencia sudamericana fue tan efectivo y duradero como el que ejerció sobre los hombres de la Revolución francesa… Nunca se dirá lo bastante hasta qué punto ha tenido consecuencias sobre la formación del mundo moderno el “fenómeno histórico” que fue Rousseau”: Mancini, Jules, Bolívar y la emancipación de las colonias españolas desde los orígenes hasta 1815, París-México, Librería de la viuda de C. Bouret, 1914, pp. 130, 151, 116, 117.

(10) Belaúnde, Víctor Andrés, Bolívar y el pensamiento político de la revolución hispanoamericana, Madrid, Cultura Hispánica, 1959, p. 139.

(11) André, Marius, Bolívar y la democracia, Barcelona, Araluce, 1924, p. 258.

(12) García Márquez, Gabriel, El general en su laberinto, Bs. As., Sudamericana, 1989. Obra no muy recomendable porque el autor introduce, innecesariamente, escenas pornográficas que afean el dramático final.

(13) André, Marius, El fin del Imperio Español en América, (Santander), Cultura Española, 1939, p. 159: “Los escritores americanos entusiastas de Bolívar, tienden un púdico velo sobre este período”. Nota 1: “¡Suprimen, entre otras cosas, la parte del testamento de Bolívar, que es una profesión de fe católica!”

(14) André, Marius, “Bolívar, etc.”, cit., p. 278.

(15) André, Marius, “El fin, etc.”, cit., p. 5. Tampoco se ha reeditado.

(16) Madariaga, Salvador de, op. cit., t0 II, pp. 456, 516.

(17)  Madariaga, Salvador de, op. cit., t0 1, p. 519;

Bainville, Jacques, Los Dictadores. Síntesis histórica y biográfica, Bs. As., Juventud Argentina, 1938, pp. 127-128; Villanueva, Carlos A., op. cit., pp. 165-266.

(18) Madariaga, Salvador de, op. cit., t0 II, pp. 448, 522.

(19) André, Marius, “Bolívar, etc.”, cit., p. 279.

(20)  Belaúnde, Víctor Andrés, op. cit., p. 384.

(21) André, Marius, “Bolívar, etc.”, cít., p. 255.

(22) Belaúnde, Víctor Andrés, op. cit., p. 23.

(23)  Belaúnde, Víctor Andrés, op. cit., pp. 374-375.

(24) Madariaga, Salvador de, op. cit., t0 II, p. 481. Agrega:

“El Bolívar que antaño iluminaba sus saturninas ambiciones con la luz abstracta de los cielos de Rousseau..., preconizaba en 1830 “la religión santa que profesamos como la salvación de Colombia”

(25) Nectario M., H., Ideas y sentimientos religiosos del  Libertador Simón Bolívar, 2~. ed., Madrid, 1978, pp. 30-31. 26 André, Marius, “Bolívar, etc.”, cit., p. 269.

(27) Nectario M., E., op. cít., p. 8.Libertador Simón Bolívar, 2~. ed., Madrid, 1978, pp. 30-31.

(26) André, Marius, “Bolívar, etc.”, cít., p. 269.

(27) Nectario M., H., op. cit., p. 8.

(28) Nectario M., H., op. cít., p. 21.

(29) El 28 de setiembre de 1827, ante una congregación de obispos, les había expresado: “ Los descendientes del trono de San Pedro han sido siempre nuestros padres.. .La unión del incensario con la espada de la ley es el arca verdadera de la alianza”. Y el 7 de noviembre de 1828 le escribe al Papa León XII, asentando: “Vuestra Santidad puede contar con nuestro propósito decidido de sostener el catolicismo en esta República”: André, Marius, “Bolívar, etc.”, cit., pp. 271, 272.

(30) André, Marius, “Bolívar, etc.”, cit., p. 262.

(31) André, Marius, “Bolívar, etc.”, cit., pp. 269-271; Nectario M., H., op. cit., pp. 24-25. Hemos coordinado ambos textos.

 


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